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Música del Mundo: Cuando la Industria Intentó Nombrar el Mundo
“Música del Mundo” es una de las etiquetas más paradójicas del sonido moderno. Sugiere una totalidad —la música del mundo—, pero en la práctica suele referirse a todo aquello que no tiene su origen en la cultura pop angloamericana. Es menos un género que una invención del marketing, nacida a finales de los 80, cuando las discográficas buscaban un espacio unificado para diversas tradiciones no occidentales.
En esencia, la Música del Mundo no se define por el ritmo, la instrumentación ni la estructura, sino por su origen geográfico y cultural, ajeno a la industria dominante occidental. Abarca las tradiciones griot de África Occidental, los ragas clásicos indios, el folclore andino, el maqam de Oriente Medio, los metales balcánicos e innumerables otras formas. La categoría une las diferencias más que las similitudes.
El término comercial cobró fuerza en 1987 durante una reunión de ejecutivos discográficos del Reino Unido que acordaron usar “Música del Mundo” como etiqueta para tiendas. Lo que comenzó como una conveniencia logística se convirtió en una marca global.
Sin embargo, mucho antes de que existiera la etiqueta, el intercambio intercultural ya había dado forma al sonido popular. Cuando Paul Simon lanzó Graceland en 1986, en colaboración con músicos sudafricanos durante el apartheid, el álbum acercó los ritmos de los townships al público occidental general. Temas como You Can Call Me Al desdibujaron las fronteras entre el pop y la tradición global.
De igual manera, proyectos como Buena Vista Social Club, con músicos cubanos como Compay Segundo e Ibrahim Ferrer, introdujeron las tradiciones del son y el bolero a oyentes internacionales. El éxito demostró tanto interés como controversia: una celebración del patrimonio entrelazada con cuestiones de representación y mercantilización.
Lo que distingue a la música del mundo de géneros definidos como el reggae o la samba es su carácter paraguas. Es un contenedor de multiplicidad. Esta amplitud es a la vez una fortaleza y una debilidad.
Los críticos argumentan que la etiqueta homogeneiza las culturas, aplanando tradiciones distintas en una única categoría de exportación. Un conjunto de jazz etíope y un grupo mongol de canto gutural tienen poco en común musicalmente, pero ambos pueden clasificarse bajo la misma etiqueta.
En su mejor expresión, la música del mundo sirve como puerta de entrada, animando a los oyentes a explorar sonidos desconocidos. En su peor momento, exotiza y simplifica.
Tecnológicamente, las plataformas de streaming han diluido y democratizado la etiqueta. Hoy en día, los artistas pueden llegar a audiencias globales sin pasar por las barreras occidentales. El término "Música del Mundo" se siente cada vez más anticuado en una era hiperconectada.
Sin embargo, su impulso sigue siendo relevante: la curiosidad. La colaboración intercultural continúa moldeando las escenas contemporáneas del pop, la electrónica y el jazz. Los ritmos globales fluyen libremente a través del intercambio digital.
La Música del Mundo perdura porque la música en sí misma ignora fronteras. La migración, la diáspora y la tecnología disuelven las barreras geográficas.
La Música del Mundo no es un sonido.
Es una encrucijada.
Cuando las cuerdas de kora se entrelazan con ritmos electrónicos, cuando la guitarra flamenca se encuentra con la percusión de África Occidental y cuando las voces cantan en idiomas desconocidos pero emocionalmente inmediatos, la Música del Mundo revela su esencia:
diversidad amplificada —
el mundo escuchándose a sí mismo,
a veces imperfectamente,
siempre interconectado.